Historia tribal II [Relato corto]
- Onesimo

- Apr 13, 2020
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El salto de la oscuridad de su celda al sol abrasador de pleno julio le pilló por sorpresa, y tuvo que esperar a acostumbrarse a la luz mientras le llevaban a la gran choza central. Con los ojos entreabiertos pudo distinguir esbeltas mujeres con sus hijos, vestidas de piel y otras telas rescatadas. Los hombres estaban o bien preparando sus armas con lentitud y ceremonia, o mirándole de reojo desconfiados. Cuando los dos corpulentos brutos le soltaron y le desataron la mordaza una vez frente al jefe, les echó una mirada cargada de odio a la que respondieron con una sonrisa cruel. El edificio circular estaba decorado con objetos y cachivaches del viejo mundo. Consiguió distinguir una banderola ―ya más amarilla que blanca― con dos franjas rojas, y las relacionó con las pinturas de cara de los tribales. Zorro-de-pantano le indicó con un impaciente gesto de cabeza que empezase a hablar. Si bien más al sur algunos grupos habían perdido el inglés a favor de otras lenguas, en ellos el idioma todavía pervivía gracias a su obsesión con el pasado.
―Soy el sargento Whitman, del 5º Batallón del 11º Regimiento de la Mancomunidad de Philly. ― para cuando había terminado la frase, la sonrisa bravucona se había borrado de la cara de sus captores. El viejo Zorro se había echado para delante, con los ojos desorbitados y chispeantes. ― Sus hombres me capturaron mientras escoltaba a un equipo especialmente enviado para entablar relaciones. Lamentablemente, parece ser que soy el único superviviente de la masacre.
La bilis en sus palabras y el resentimiento hacia sus captores era obvio, y no quería esconderlo. El reyezuelo indio se echó las manos a la cabeza con un gesto exagerado, y señaló temblando a los dos mentecatos que antes se pavoneaban del nuevo prisionero y que ahora sudaban sangre, sabiendo el destino que les deparaba. Si bien en los comienzos de la Mancomunidad los ciudadanos bajo la bandera azul habían sufrido varios ataques en la frontera, estaba dentro de los intereses de ambas naciones mantener una paz precaria, y lo último que querían era generar tensión. Destensar era precisamente la misión encargada por los Senadores de Philly, una misión que empezaba de manera excepcionalmente mal.
―¿No sabéis distinguir un soldado de un saqueador? Apresad a esos dos idiotas redomados hasta nueva orden. Consideraos incapaces de reincorporaros a la lucha por el momento. ― Se giró de nuevo hacia Whitman. ― Mi pueblo pide humildemente perdón por este horrible asalto a una tropa neutral. Nunca sería nuestra intención provocaros. Por favor, aceptad como humilde pago por este error una estancia ilimitada, y mi palabra de honor de trataros con el máximo respeto.
El sargento asintió. No era necesario amenazar a los tribales con fuego y azufre, al menos por ahora. ―No hay mala sangre entre la Mancomunidad y vuestro pueblo. Vengo específicamente para saber si es posible un acercamiento. Ofrezco mis servicios en nombre de Philly como soldado y amigo a los capitolinos.
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