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Historia tribal I [Relato corto]

  • Writer: Onesimo
    Onesimo
  • Apr 2, 2020
  • 2 min read




Nota: este relato en particular me divierte y probablemente lo expanda mucho más durante la cuarentena y más allá. Quizás por entregas.


Completamente rapado, cara marcada de cicatrices, costillas marcadas. Aun en este patético estado, se retorcía y gruñía como un animal salvaje. No importa. Condecoró a los dos guerreros que le habían traído a rastras y les señaló que le dejasen en la cárcel de la aldea. Miró al resto de hombres en la sala con una mezcla de satisfacción y orgullo, y estos asintieron. Tenía el visto bueno de los Ancianos. Comentó varias nuevas noticias que le habían llegado de los mensajeros, e intercambió impresiones con ellos. La mayoría estuvieron de acuerdo que era ya momento para dar ofrendas a los dioses. El cabecilla de la casa comunal del norte insistió en que los augurios serían más favorables al llegar la luna llena, aunque acabó cediendo. Una vez terminada la sesión caminó con su reducido séquito de matarifes y chamanes. Se dirigió al salomónico templo que había dominado el paisaje durante siglos, mucho antes de que su tribu llegase a este lugar. Pese a que ahora estaba parcialmente destruido por el inexorable ataque del tiempo, su sola presencia imponía un respeto y un temor que llegaba hasta el mismo espíritu del hombre que estuviese en su presencia. Sin duda los Padres eran grandes constructores de una gran tribu. Subió con gran ceremonia los escalones blancos como las nieves de invierno, flanqueado por los sumos sacerdotes que residían en el edificio. Cruzó el portón principal, no sin antes arrodillarse bajo la titánica estatua femenina que coronaba la todavía intacta tumba, gesto en el que se pide permiso a la matriarca para entrar en su divina morada. En el centro de la sala principal, el enérgico rostro del hombre de mármol entronizado a la que tenía que rendir homenaje. La guerra contra los arlintones más allá del río era costosa, aunque todavía llevaban la delantera sobre sus enemigos, y por esto eran necesarias más ofrendas. Un último esfuerzo y podrían finalmente establecer una base permanente en la isla que partía las aguas en dos. Recitó religiosamente las palabras escritas a sus pies, como era tradición, para pedir un buen augurio. Era bien sabido por su pueblo que los nombres eran sagrados, y no había ninguno más sagrado en la guerra que Washington.

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