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Historia tribal VI [Relato corto]

  • Writer: Onesimo
    Onesimo
  • Nov 8, 2020
  • 5 min read

El brutal calor borró por completo el recuerdo del pequeño paraíso verde por el que habían pasado hacía apenas media hora. Ahora se encontraban frente a un cuadrado metálico colosal y rodeado de asfalto seco que solo facilitaba el implacable ataque del sol. Se tomaron un descanso corto para beber agua fresca de los odres de cuero bajo una de las pocas sombras fuera de la central. Refrescados, se dirigieron a una de las enormes puertas que antes estarían vestidas de cristal, pero ahora se presentaban desnudas al mundo. Buscaron y rebuscaron recorriendo decenas de salas idénticas, con mesas de metal tiradas por el suelo, papeles ahora inútiles desperdigados y sillas roídas por doquier. Al final del vastísimo esqueleto de hormigón, al fin hallaron algo útil: lo que parecía ser un enorme panel de control mirando a un gran grupo de generadores. Whitman notó que los capitolinos procuraban mantenerse lo más alejados posible de los generadores, pero que a la vez le observaban con cuidadoso recelo. Plúribus, uno de los dos sansones, le advirtió de no tocar nada más allá de lo necesario.


― Si no fuese por tu promesa de ayudarnos, phillypense, no verías jamás este lugar sagrado. Aquí todavía se respira el aire de una era pasada, no lo olvides.


Whitman asintió lentamente y fue directamente a buscar algún tipo de manual o indicación de qué hacer entre los papeles de la mesa que dominaba el lugar. Rebuscó y encontró gráficas detallando los niveles de producción que no entendió, transcripciones de presupuestos y otros varios documentos que no le servían. Al fin, algo útil: un mapa indicando las centrales eléctricas de la zona y sus conexiones. Lo estudió cuidadosamente un par de minutos, y vio que solo había dos que alimentasen la armería: en la que se encontraba ahora y una segunda más allá del río, al sur. Al menos había un plan B si este no funcionaba. Volvió a centrar su atención en las palancas y controles desplegados por toda la pared. El primer instinto le indicó que tocase todo hasta que ocurriera algo, lo que le pareció muy razonable considerando sus muy limitadas opciones. Nada, nada, nada, nada, nada. Probó a apagarlos y encenderlos, y prefirió dejarlos encendidos un rato. Quizás necesitaban calentarse los generadores, o eso esperaba. Siguió buscando en el panel de control y encontró algo que podría serle útil. Un despliegue de agujeros en los que todavía había restos de bombillas que representaban a distintos generadores: GEN 1, GEN 2, GEN 3 y EM GEN. Debajo de EM GEN, que supuso que significaba generador de emergencia, una palanca. Tampoco hubo éxito con esta. Pateó el suelo y miró a la sala con los generadores pensativo. Quizás algún cable estaba roto, o mal conectado. No podía distinguirlo bien desde este lado de la pared. Si era lo primero, mal. No podía repararlo sin ayuda de algún técnico de la Mancomunidad, y dudaba que pudiera encontrar a uno en menos de un mes. No le valía, sería más rápido ir a la otra central y revisarla a fondo. Tenía que investigarlo ahora y tomar una decisión inmediata, pero si infringir en el terreno sacrosanto de los tribales implicaba perder la vida o algún miembro al azar, prefería actuar cuidadosamente y sin prisas. Miró de reojo a la enorme figura bostezante que le vigilaba aburrido.


― Plúribus, ¿sería posible que entraseis alguno de vosotros y me dijeseis qué veis?


El guerrero le mantuvo la mirada en completo silencio durante unos cuantos segundos. Se incorporó, y fue a hablar con Sequoyah. No llegó a oír lo que dijo, pero este último frunció el ceño y se acercó a la puerta de la sala de generadores. Carraspeó, alzó el brazo derecho con la palma hacia arriba, y procedió a pronunciar lo que Whitman creyó que era un rito para purificarse de alguna forma.


― Padres antiguos, otorgadme el sagrado privilegio de pisar en las entrañas de vuestro poder con el corazón y el cuerpo limpio, sed misericordiosos como lo fuisteis con vuestra primera progenie. Washington, guárdanos.


Acto seguido, Plúribus derramó agua de su odre en el marco de la puerta, y luego en la mano alzada del rubio. En absoluto silencio pasó por la puerta ahora bendecida y husmeó cuidadosamente por el cuarto cuadrado. Volvió a la entrada, y desde dentro de la sala comentó lo que había visto.


― Cuerdas peladas, polvo, y poco más. Grandes cajas de metal silenciosas. ¿Contento?


― ¿Estás completamente seguro del estado de estas cuerdas?


― Si. Son poco más que amasijos.


Whitman se llevó las manos a la cabeza y caminó hacia el pasillo que llevaba a la salida. A su espalda, oyó murmullos que se fueron apagando lentamente mientras los capitolinos terminaban el ritual. La otra central estaba muchísimo más lejos que esta, por lo menos sería un viaje de tres días para ir, con un poco de suerte activarla, y volver; además de que tenían que cruzar el río que marcaba la frontera de la tribu al oeste. ¿Qué demonios habría en esa dirección? ¿Otra tribu? ¿Animales salvajes? ¿Un agujero a la nada?


El camino a la aldea fue completamente anodino. Una vez de vuelta, se prepararon las provisiones concienzudamente: comida, munición, ropa, botas, y afilaron sus cuchillos y limpiaron sus armas. Actualizó sus notas sobre la tribu con un par de observaciones más sobre su rito purificatorio, y decidió dormir pronto por el gran camino que le esperaba. En sus sueños volvió a visitarle el anciano de sus pesadillas recientes. Miró a su alrededor instintivamente, y tuvo una difusa imagen de dónde se encontraba. Un estrecho y colosal valle que se extendía hasta donde le alcanzaba la vista. Del suelo negro como el carbón emanaban vapores con un silbido agudo. El viejo le agarró de la barbilla y le obligó a mirarle a las cuencas de los ojos. Le dedicó una sonrisa dentada y obscena. ¿Disfrutando del Edén? Whitman sintió que se empezaba a ahogar, y pataleó, incapaz de moverse del sitio. Cada bocanada costaba más que la anterior, y sus pulmones empezaban a arder. Nos volveremos a ver. Estoy seguro de ello. Tomó un puñado de arena negra y la restregó por el brazo del soldado, y este dio un aullido. Notó como si un cuchillo le rasgase la carne a cada roce de la arena con su piel. Intentó separarse del anciano con todas sus fuerzas, hasta que sintió cómo le dejaba caer y desfallecía en el suelo del valle.


Despertó empapado de sudor. Se tocó instintivamente el brazo y dejó escapar un suspiro cuando no notó dolor. Viendo una delgada línea de luz en el suelo, decidió que era ya un poco tarde como para volver a intentar dormirse, y buscó su ropa para salir a dar una vuelta por el poblado. Cuando empezó a ponerse la camisa, se horrorizó al descubrir una marca donde el viejo le había puesto la mano. Miró a todas partes antes de volver a dirigir la vista a la marca. Temblando, pasó el dedo por encima del dibujo. En el centro, un círculo apoyado sobre un semicírculo, y este a su vez sobre una cruz.

 
 
 

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