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Historia tribal V [Relato corto]

  • Writer: Onesimo
    Onesimo
  • May 11, 2020
  • 6 min read


El edificio en sí estaba en un estado deplorable, y era sorprendente que todavía no se hubiera hundido el techo en muchos sitios. Las paredes estaban dominadas por una maleza gruesa que entraba desde los boquetes, haciendo que el aire en el interior fuera espeso y húmedo. Esto último sumado al calor primaveral que golpeaba a la patrulla les dejó a todos empapados de sudor. El grupo decidió comer dentro igualmente para escapar del sol: pescado ahumado, carne de un tipo de venado de la zona y una bolsa grande de semillas blancas que tomaron a puñados. Whitman echó de menos los potajes y buena cocina a la que iba cuando estaba de permiso en la ciudad. Al menos esto era mejor que la comida del cocinero, si se le pudiera llamar así, de su regimiento. Douglass, una vez terminaron, se quedó haciendo de guardia unos metros más allá, con Pluribus haciendo lo mismo en la dirección contraria.


―Muy bien, voy a entrar. Sequoyah, por favor, acompáñame. Necesito tu ayuda para navegar la armería.


El por favor se atragantó en su garganta, pero se convenció de no tratarles como soldadesca. Había que andar con pies de plomo con una cultura que glorificaba de una forma tan exagerada el honor, como había observado estas semanas. Instintivamente se llevó la mano a la bandolera donde guardaba sus anotaciones sobre los capitolinos. Aunque dudaba que ningún tribal de su equipo supiera leer, prefería mantenerse seguro. Sequoyah se levantó y empezó a caminar hacia una sala a la derecha.


―Claro, sígueme. Vamos directos al almacén, a partir de ahí buscaremos más cosas. Cuidado con los escombros.


La habitación era un despacho de oficinas no muy diferente a los que había visto en Philly. Echó un vistazo rápido a los papeles, pero quedó enormemente decepcionado al ver que la tinta estaba borrada en gran parte, y algunos documentos completamente ennegrecidos. Desistió rápidamente y volvió a seguir a su guía. Las salas se sucedían unas a otras, y llegó a un marco de puerta diferente al resto. Una gran plancha de metal abollada estaba inmediatamente debajo, claramente derribada por la fuerza.


―Esta puerta sí la conseguimos derribar con cierta dificultad, pero la otra es bastante más gruesa o de otro material.


Giró a una puerta en la esquina derecha y vio una habitación pequeña con un agujero rectangular en el suelo desde el cual se extendían unas escaleras al subsuelo. Whitman encendió su mechero y bajó lentamente a la oscuridad.


―Cuando llegamos, solo había cadáveres y un nido de alimañas bastante agresivas. En la sala por la que acabamos de pasar, había unas 20 armas funcionales y bastante munición, pero nada más. Les dimos el funeral correspondiente, y volvimos con las armas.


Pisó el último escalón y se encontró frente a una puerta de acero sólido. Estaba tremendamente desmejorada, pero sabía por lo que le habían contado que era imposible de abrir o romper. Toqueteó las paredes de arriba abajo. En algún punto de la pared adyacente encontró un gran interruptor, que poco sorprendentemente no respondía. Movió la mano hacia arriba, y vio que el cableado seguía intacto y continuaba hacia la derecha, donde se perdía dentro del muro. Se volvió al piso de arriba rápidamente, y tras abrir un par de puertas y encontrar solo almacenes de objetos inútiles como lámparas y sillas rotas, encontró lo que estaba buscando: un panel eléctrico pegado a la pared. Revisó varias veces los fusibles. Todo parecía en orden, al menos dentro de su muy limitado conocimiento del tema. Tenía solo alguna lección básica durante un programa con la Escuela Industrial de Carlisle al que fue cuando todavía era recluta, pero muy poco más. Se echó las manos a la cabeza y empezó a pensar. De momento no había visto una sola pieza de cableado colgante como en su país natal, por lo que deberían estar bajo tierra. Bien, porque es mucho menos probable que estuvieran dañados. Mal, porque si lo están, es imposible repararlas.


―Eh, ¿y bien? ¿Vas a abrirla?


Se giró y encontró a Sequoyah apoyado contra la pared, expectante. Suspiró hondo, y finalmente le respondió.


―No, necesito más tiempo. ― Midió cuidadosamente sus palabras para hacerle entender la situación a alguien que probablemente nunca hubiera visto una luz eléctrica encendida. ― La puerta se abre desde otro lugar, un gran edificio que antes iluminaba toda la ciudad. ¿Sabéis de un edificio así?


―Huh, sí, los sacerdotes hablan de un sitio así. Grande, cuadrado y gris. Ahora mismo no hay nadie dentro, aunque hace muchos años lo usábamos como almacén. Está relativamente cerca del poblado.


Whitman salió del edificio, y avisó al grupo de que había que volver. Después de explicarles muy superficialmente la situación, empaquetaron las cosas y se dirigieron hacia el lugar. Durante el trayecto, Sequoyah, al que le comía la curiosidad por saber más, se acercó al sargento para hablar.


―Oye, norteño, ¿qué sabe tu gente de los Padres y su Gran Tribu? ¿Qué os cuentan vuestros sacerdotes de ellos?


―No tenemos tanto… aprecio por ellos como vosotros. No les adoramos. Hay ciertos grupos que intentan imitarles, pero no son muchos. Dejémoslo en eso.


Los ojos claros del nativo chispeaban. Parecía más que dispuesto a corregirle.


― ¿Veis el mundo que os rodea, los templos blancos como la nieve, las varas que portan el poder del mismo relámpago y maravillas de ensueño, y decís que es obra de hombres? Podrán tener nuestros impulsos, pero nosotros nunca su genio.


― Yo veo escombros y ruinas.


― Y yo por la magnitud del caos yo sé que la causa yace en lo divino.


El resto del camino a la central eléctrica fue silencioso.


En un momento dado, giraron a la izquierda y caminaron junto al río. El agua era clara y tranquila, y el suave rumor cuando chocaba con las rocas era casi hipnótico. Esto, sumado a la caricia del sol y al denso follaje a cada lado del afluente, hizo a Whitman sentirse como un transgresor en el Edén. La ilusión del paraíso, sin embargo, se rompió casi de inmediato. A lo lejos, en el lecho de una parte poco profunda, brillaba una mancha roja. Sobre ella, un joven con el torso desgarrado en una línea desde su hombro hasta su ombligo. Por la cara pintada de rojo y el pentágono negro en la frente supo que se trataba de un guerrero de los arlintones, no un capitolino, ya que no reconocía ese símbolo. Peace se asomó a la orilla, e hizo una señal a uno de los dos Goliats.


― Douglass, trae aquí el cuerpo. No creo que a su familia le importe que le enterremos nosotros.


Él asintió con su enorme cabeza leonina y se zambulló en el agua. Al poco tiempo volvió a la tierra con el cadáver al hombro, como si no pesase absolutamente nada. Lo depositó cuidadosamente en el suelo, y todos los tribales comenzaron a cavar un hoyo en la tierra húmeda con sus manos y puñales mientras Whitman vigilaba en silencio. Se sorprendió que inhumasen a los muertos como en Philly, pero le sorprendió más que enterrasen a los enemigos. Nunca había pensado en eso, pero lo añadió a la larga lista de diferencias con su país natal. A veces los Nuevos Amigos enterraban a algún extranjero mal armado cuando la batalla ocurría cerca de una de sus misiones, pero nada más. Lentamente, se arrodilló para unirse al resto en cavarle una tumba. Aproximadamente a la hora y media habían hecho un hoyo lo suficientemente hondo para el muerto. Tras depositarle dentro, le cubrieron de tierra poco a poco. Turnbull, el rastreador enjuto, se acercó a Whitman para explicarle el rito, viendo su confusión.


― Normalmente los arlintones no entierran a sus muertos, al menos no como nosotros. Primero los queman en una gran pira en el centro de su odiosa fortaleza, y luego ya entierran las cenizas y sus huesos deformados. No enterramos a este guerrero así porque no se nos es permitido por ser ajenos a su tribu, tampoco que quisiéramos enterrarles con su rito meteco. Cada uno entierra a los muertos que pueda recuperar con el rito propio, sin distinciones. Esto, claro, cuando no hay intercambio de caídos. En fin. Que Washington acoja a este noble guerrero en su hogar.


Los tribales se llevaron la mano al pecho al oír estas palabras, y siguieron caminando hacia la central, dejando atrás la tumba del joven sin nombre y a la escena paradisíaca con él. No es el peor lugar donde descansar tras la muerte, pensó.

 
 
 

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